Un viernes, Clara y Luis dudaron entre avión barato y tren temprano. Eligieron alta velocidad, llegaron al centro sin traslados, improvisaron tapeo en El Tubo y el domingo cerraron con vermut. Dijeron que lo mejor fue sentir tiempo elástico, no prisas apretadas o esperas aburridas.
Marcos viajó con su hija a ver delfines de papel en el Oceanogràfic y volvió contando horarios con precisión. Aprendieron a plegar mapas juntos, rieron en un tranvía y guardaron entradas en un sobre; ella pidió repetir, porque el tren parecía un juego serio y amable.
Cuatro amigas salieron de Sevilla rumbo a Córdoba sin expectativas grandilocuentes. Encontraron patios abiertos, guitarras tímidas y un helado de pistacho inolvidable. Regresaron en silencio bueno, mirando olivos que pasaban veloces; al bajar, prometieron un salto mensual y abrir agenda antes que la nostalgia.
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